La actividad física, la alimentación y el descanso están entre las estrategias más rentables durante el climaterio. Es frecuente preguntarse si existe una dieta capaz de aliviar los sofocos o incluso evitarlos. La respuesta es menos sencilla de lo que a menudo se transmite. Durante años, la investigación sobre nutrición y síntomas vasomotores ha ofrecido resultados contradictorios, especialmente cuando se han estudiado alimentos o suplementos de forma aislada. Sin embargo, en los últimos años han aparecido estudios que sugieren que determinados patrones dietéticos, más que un alimento concreto, podrían contribuir a reducir la frecuencia o la intensidad de los sofocos en algunas mujeres.
Esto no significa que exista una alimentación válida para todas las mujeres ni que la dieta sustituya a otros tratamientos cuando son necesarios. La respuesta depende de numerosos factores, como el peso corporal, la microbiota intestinal, la genética, el estado metabólico o el estilo de vida. En este artículo revisaremos qué sabemos hasta el momento y qué recomendaciones pueden resultar útiles desde una perspectiva clínica práctica con base en la evidencia.
Breve introducción a mecanismos biológicos
La alimentación puede influir sobre los sofocos a través de varios mecanismos fisiológicos que interactúan entre sí. En el intestino, la alimentación modula la composición y actividad de la microbiota. Parte de estas bacterias forman el denominado estroboloma, un conjunto de microorganismos capaces de intervenir en el metabolismo y la recirculación de los estrógenos.
Al mismo tiempo, la calidad de la dieta condiciona el grado de inflamación crónica de bajo grado y de estrés oxidativo del organismo. Un exceso de tejido adiposo, una elevada carga de productos de glicación avanzada (AGEs) o una alimentación pobre en alimentos vegetales favorecen un ambiente proinflamatorio que puede alterar la función vascular, el endotelio y los mecanismos de termorregulación.
Por otra parte, mantener una regulación glucémica más estable evita grandes oscilaciones energéticas que activan respuestas del sistema nervioso simpático, mientras que una alimentación adecuada facilita el mantenimiento de un peso corporal saludable y favorece un descanso nocturno de mayor calidad. Todos estos procesos convergen finalmente sobre el hipotálamo, la región cerebral encargada de integrar las señales hormonales, metabólicas y nerviosas que regulan la temperatura corporal. Por ello, más que buscar un alimento capaz de eliminar los sofocos, el objetivo consiste en crear un entorno metabólico, hormonal y neuronal que favorezca una mejor adaptación del organismo durante el climaterio.
Patrones dietéticos interesantes para esta etapa
La evidencia actual apunta hacia varios patrones alimentarios que comparten características comunes que favorecen una mejor adaptación metabólica durante el climaterio. La dieta mediterránea es el patrón dietético con mayor respaldo científico. Además de su reconocido beneficio sobre la salud cardiovascular, uno de sus principales puntos fuertes es la elevada adherencia que consigue en los países de nuestro contexto, lo que facilita mantenerla a largo plazo. También se ha relacionado con una menor inflamación y una mayor calidad de vida. La dieta atlántica, más rica en pescado, marisco y alimentos frescos, comparte gran parte de estos principios y constituye otra alternativa muy interesante, aunque todavía disponemos de menos estudios específicos en mujeres durante el climaterio. En mujeres con sobrepeso, resistencia a la insulina o síndrome metabólico, algunos enfoques moderadamente bajos en hidratos de carbono (low carb) también pueden resultar útiles, siempre que prioricen alimentos frescos y de alta calidad nutricional frente a los productos ultraprocesados. Por su parte, la dieta DASH, diseñada inicialmente para el control de la hipertensión arterial, también ha mostrado beneficios sobre algunos síntomas del climaterio gracias a su abundancia de verduras, frutas, legumbres, cereales integrales y grasas saludables.
Sobre proteínas, grasas e hidratos de carbono
Una vida sedentaria, sumada a los cambios propios del climaterio, aumenta progresivamente el riesgo de perder masa muscular y fuerza, un proceso conocido como sarcopenia. La disminución de estrógenos favorece la denominada resistencia anabólica, es decir, el músculo responde con menor eficacia al estímulo de las proteínas de la dieta para sintetizar nuevo músculo. Por ello, tres pilares cobran especial importancia durante esta etapa: el entrenamiento de fuerza, un aporte suficiente de proteínas y una adecuada distribución de estas a lo largo del día.
Como orientación general, muchas mujeres pueden beneficiarse de un consumo de 1,2-1,6 g de proteína por kilogramo de peso corporal al día, siempre adaptado al contexto clínico y al nivel de actividad física. En lugar de concentrar toda la proteína en una única comida, resulta interesante repartirla entre dos o tres ingestas principales que aporten alrededor de 25-35 g de proteína de calidad, con aproximadamente 2,5-3 g de leucina, un aminoácido clave para activar la síntesis proteica muscular. Tras cada comida, esta respuesta anabólica permanece activa durante unas dos o tres horas, por lo que distribuir la proteína permite estimular varias veces a lo largo del día.
Más que enfrentar proteínas animales y vegetales, te invito a priorizar fuentes de calidad. Huevos, pescado, lácteos fermentados, legumbres, tofu o tempeh pueden formar parte de un patrón saludable, junto con cantidades moderadas de carnes poco procesadas. Las proteínas vegetales aportan además fibra y numerosos fitoquímicos, mientras que el pescado constituye una excelente fuente de ácidos grasos omega-3, beneficiosos para la salud cardiovascular y que podrían contribuir a mejorar algunos síntomas del climaterio.
Con los hidratos de carbono ocurre algo parecido. No parece recomendable reducirlos de forma indiscriminada, sino priorizar aquellos menos refinados, ricos en fibra, presentes en legumbres, verduras, frutas, tubérculos y cereales integrales. En algunos alimentos ricos en almidón, como la patata o el boniato, cocinar y enfriar previamente puede aumentar la cantidad de almidón resistente, un tipo de fibra fermentable que también sirve de sustrato para la microbiota intestinal. Además, favorecer una glucemia más estable podría contribuir a disminuir algunos desencadenantes fisiológicos de los sofocos y mejorar la salud metabólica.
Las grasas tampoco deberían demonizarse. Los estrógenos son hormonas esteroideas sintetizadas a partir del colesterol y, aunque ello no significa que necesitemos consumir grandes cantidades de grasa, sí pone de manifiesto la importancia de mantener un aporte adecuado de lípidos de calidad. El aceite de oliva virgen extra, los frutos secos, las semillas, el aguacate, el pescado azul y los lácteos enteros fermentados, cuando se toleren, pueden formar parte de un patrón alimentario saludable. De forma ocasional, también puede incorporarse mantequilla clarificada (ghee). En cambio, conviene limitar el consumo habitual de grasas trans y de alimentos ultraprocesados. En conjunto, la evidencia indica que la calidad de los macronutrientes resulta mucho más relevante que la exclusión de cualquiera de ellos.
Fibra, microbiota y fitoquímicos
No toda la fibra actúa igual. Algo que potencian los patrones dietéticos antes comentados es el consumo de hidratos accesibles para la microbiota (MAC), la fracción de los alimentos que nuestro organismo no digiere pero que sí sirve de alimento para la microbiota intestinal. Todos los MAC son fibra, aunque no toda la fibra puede considerarse un MAC. Cuando estos compuestos son fermentados por la microbiota intestinal producen ácidos grasos de cadena corta, como el butirato, que no solo nutren a las bacterias intestinales, sino también a las propias células del colon, contribuyen a mantener la integridad de la barrera intestinal, participan en la regulación de la inflamación, la salud metabólica y el metabolismo de los estrógenos.
Los MAC se encuentran principalmente en frutas, verduras, legumbres, tubérculos, avena y otros cereales integrales, frutos secos, almidón resistente (patata o boniato cocidos y enfriados), alimentos fermentados como yogur, kéfir, chucrut o kimchi, además de algas, setas, especias y alimentos ricos en colágeno como el caldo de huesos o la gelatina.
Cuando algunos alimentos ricos en fructanos, como el ajo, la cebolla, los espárragos o las alcachofas, producen molestias digestivas, suele ser preferible cocinarlos bien, introducirlos de forma progresiva y evitar combinar varios de ellos en una misma comida antes que eliminarlos por completo.
Junto a la fibra, merece la pena aumentar la diversidad de fitoquímicos, compuestos bioactivos presentes de forma natural en los alimentos vegetales. Entre ellos destacan los glucosinolatos de las verduras crucíferas (brócoli, col kale, col lombarda, coliflor, coles de Bruselas, rúcula, berros, colinabo, nabos o rabanitos), precursores de compuestos como el sulforafano y los indoles (I3C y DIM), estudiados por su posible papel sobre las enzimas antioxidantes y el metabolismo de los estrógenos. Una recomendación práctica consiste en intentar consumir entre 50 y 200 g diarios de crucíferas, alternando verduras, sus semillas, germinados y fermentados.
Otros fitoquímicos de interés son las isoflavonas de la soja, los lignanos del lino y del sésamo, y los polifenoles presentes en frutos rojos, uvas negras, granada, cacao puro, aceite de oliva virgen extra, té, especias y hierbas aromáticas. Haremos un artículo específico sobre infusiones.
Soja e isoflavonas: ¿Qué dice realmente la evidencia?
La soja es probablemente el alimento más estudiado en relación con los sofocos y otros síntomas del climaterio. Su interés radica en su contenido en isoflavonas, especialmente genisteína, daidzeína y gliciteína, compuestos vegetales con una estructura similar a los estrógenos humanos y capaces de interactuar, de forma mucho más débil, con algunos de sus receptores. Sin embargo, la evidencia sigue siendo heterogénea. Mientras algunos estudios muestran reducciones clínicamente relevantes de los sofocos, otros encuentran beneficios modestos o no observan diferencias significativas respecto al placebo. Por ello, hoy no puede considerarse un tratamiento universal, aunque sí un alimento interesante dentro de un patrón dietético saludable.
Cuando hablamos de soja, la mayor parte de la evidencia procede del consumo de alimentos tradicionales, como la soja en grano, el edamame, el tofu, el tempeh, el miso o el natto. En cambio, disponemos de mucha menos información para recomendar como equivalentes las bebidas industriales de soja, las proteínas aisladas o los alimentos ultraprocesados elaborados con soja.
Una de las razones por las que no todas las mujeres responden igual reside en la microbiota intestinal. Algunas bacterias son capaces de transformar la daidzeína en equol, un metabolito con mayor actividad biológica sobre los receptores estrogénicos. Se estima que esta capacidad está presente aproximadamente en un 30-50 % de la población occidental, lo que podría explicar parte de la variabilidad observada entre mujeres. No obstante, el equol probablemente no sea el único responsable de los beneficios observados, ya que algunos estudios han encontrado mejorías incluso en mujeres que no lo producen.
Durante años existió preocupación por el posible efecto de la soja sobre el cáncer de mama. Sin embargo, la evidencia disponible indica que el consumo habitual de alimentos tradicionales de soja no aumenta el riesgo de desarrollar cáncer de mama ni parece incrementar el riesgo de recurrencia en mujeres supervivientes. Las principales dudas se centran en el uso de suplementos concentrados de isoflavonas, especialmente a dosis elevadas, por lo que en estos casos conviene individualizar la recomendación junto con el equipo médico.
En mujeres con hipotiroidismo tratado tampoco suele ser necesario eliminar la soja de la alimentación. Como medida de prudencia, se recomienda separar su consumo entre 6 y 8 horas de la toma de levotiroxina para evitar interferencias en la absorción del medicamento. En personas con enfermedad tiroidea autoinmune algunos profesionales prefieren priorizar las formas fermentadas, como el tempeh, el miso o el natto, aunque la evidencia científica sobre esta recomendación todavía es limitada.
Crononutrición y pequeños hábitos que también suman
La crononutrición recuerda que no solo importa qué comemos, sino también cuándo lo hacemos. Aunque la evidencia específica durante el climaterio todavía es limitada, se teoriza que mantener horarios relativamente regulares favorece un mejor control glucémico, un descanso nocturno de mayor calidad y una mejor regulación del apetito. En mujeres con sofocos, algunos estudios sugieren que los episodios son más frecuentes tras periodos prolongados de ayuno y disminuyen temporalmente después de las comidas, probablemente por una mayor estabilidad en el aporte de glucosa al sistema nervioso central.
En la práctica, suele ser preferible estructurar dos o tres comidas principales adaptadas a las necesidades de cada mujer, respetar los periodos interdigestivos y evitar el picoteo «calmante», especialmente por la noche, a base de galletas, pan, chocolate u otros ultraprocesados. Una cena ligera, finalizada dos o tres horas antes de acostarse, puede favorecer el descanso y reducir la carga digestiva. En la mayoría de mujeres no parece necesario prolongar el ayuno nocturno más allá de unas 12 horas, aunque en determinados contextos clínicos algunas pueden tolerar periodos de hasta 14-16 horas si existe una buena adaptación metabólica y siempre de forma individualizada.
También conviene identificar posibles desencadenantes personales. El alcohol merece una mención especial, ya que favorece la vasodilatación, altera el sueño y puede intensificar los sofocos. En algunas mujeres también pueden actuar como desencadenantes las comidas muy picantes, el exceso de cafeína, las bebidas muy calientes o las cenas copiosas. Más que establecer prohibiciones universales, suele ser más útil reconocer qué hábitos empeoran los síntomas en cada caso y adaptar la alimentación con flexibilidad.
¿Con qué me gustaría que te quedaras?
La alimentación no constituye un tratamiento específico para los sofocos ni sustituye a la terapia hormonal cuando esta está indicada. Sin embargo, la evidencia actual sí permite afirmar que determinados patrones dietéticos pueden crear un entorno metabólico más favorable durante el climaterio y contribuir a mejorar algunos síntomas, especialmente cuando se acompañan de ejercicio físico, descanso adecuado y un buen control del peso corporal.
Hoy sabemos que merece la pena priorizar alimentos frescos, abundantes vegetales, suficiente proteína de calidad, grasas saludables, alimentos ricos en fibra y compuestos bioactivos,además de cuidar la microbiota intestinal y mantener horarios de comidas relativamente regulares. También resulta razonable limitar el alcohol y otros desencadenantes que cada mujer identifique como responsables de empeorar sus sofocos.
Al mismo tiempo, conviene reconocer las incertidumbres. Todavía desconocemos por qué algunas mujeres responden mejor que otras a determinados alimentos, cuál es el papel exacto de la microbiota intestinal, cuánto influye realmente la producción de equol o qué estrategias mantienen su eficacia a largo plazo. Aun así, el conocimiento disponible ya permite ofrecer recomendaciones prácticas con un nivel de evidencia suficiente para incorporarlas a la consulta y al día a día.
Mientras tanto, el mejor consejo sigue siendo evitar los extremos. Ni existe un alimento milagroso capaz de eliminar por sí solo los sofocos, ni una alimentación saludable resulta irrelevante durante esta etapa. El climaterio es una oportunidad para construir hábitos que no solo ayuden a convivir mejor con los síntomas actuales, sino que también protejan la salud cardiovascular, metabólica, ósea y muscular de las próximas décadas.
No intentes cambiar toda tu alimentación de un día para otro. Elegir uno o dos hábitos nuevos cada semana suele ser mucho más eficaz que buscar la perfección durante unos días y abandonar después. No necesitas hacerlo todo. Solo necesitas empezar por algo.
Si quieres llevar estas recomendaciones a la práctica, puedes descargar gratuitamente Mi despensa de autocuidado (1/2 y 2/2), un recurso que utilizo en consulta para ayudar a construir una alimentación sencilla, variada y sostenible.
¡Hasta el próximo café!
Referencias:
Artículo elaborado a partir de la literatura científica revisada y de los contenidos de la Doble Especialización en Nutrición, Medicina y Salud Hormonal de la Mujer (ICNS), incluyendo las sesiones docentes de Nutrición y Salud Hormonal impartidas por Pau Oller (CEAN).
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Este artículo tiene una finalidad divulgativa y no sustituye la valoración individual por un profesional sanitario. Las recomendaciones deben adaptarse a las circunstancias clínicas, los tratamientos y las preferencias de cada mujer