
Los sofocos son probablemente el síntoma más conocido de la transición menopáusica (1 y 2) y, al mismo tiempo, uno de los aspectos de la salud femenina que aún genera interrogantes en la investigación médica (3 y 4). Para algunas mujeres consiste en una sensación ocasional de calor que apenas altera su rutina. Para otras, se convierten en episodios intensos y repetidos que interrumpen el sueño, afectan al estado de ánimo y disminuyen su calidad de vida (5).
Con frecuencia se presentan como una consecuencia inevitable del «déficit de estrógenos» (4) o incluso como una señal de que el organismo empieza a deteriorarse. Sin embargo, la realidad es bastante más compleja: los sofocos son la expresión visible de un proceso de adaptación neuroendocrina (6).
Actualmente existen distintas formas de abordar los sofocos, desde la terapia hormonal (7) y algunos tratamientos farmacológicos no hormonales (8) hasta las intervenciones sobre el estilo de vida y las estrategias de autocuidado que incluyen la fitoterapia y técnicas de relajación (9). La elección dependerá de la intensidad de los síntomas, la situación clínica, los valores y las preferencias de cada mujer (10).
Espero que comprender qué ocurre durante un sofoco y abordarlos como experiencias particulares sea un primer paso para transitar esta etapa con mayor serenidad y bienestar (3).
¿Qué ocurre en el cuerpo durante un sofoco?
Se describe como una oleada súbita de calor que asciende desde el pecho hacia el cuello y la cara (2), se produce vasodilatación cutánea masiva, aumenta el flujo sanguínea hacia la piel -enrojeciéndola- y aparece sudoración (5 y 6). En ocasiones, el episodio se acompaña de palpitaciones, una sensación de inquietud o una ligera ansiedad (2). Minutos después, el calor desaparece y puede dejar paso a escalofríos o sensación de frío (5). Aunque suele durar entre tres y diez minutos, el sofoco es mucho más que una sensación de calor pasajera (2 y 6).
El principal protagonista es el área preóptica del hipotálamo, una pequeña región cerebral que actúa como el termostato del organismo. Su función es mantener la temperatura corporal dentro de unos márgenes muy estrechos, activando mecanismos para disipar calor —como la vasodilatación y la sudoración— o conservarlo —como la vasoconstricción y los escalofríos— (5). Además, integra información procedente de distintas señales metabólicas, hormonales y ambientales.
Durante la transición menopáusica se produce el estrechamiento de la zona termoneutral (5). Dicho de otro modo, el cerebro se vuelve más sensible a pequeños cambios de temperatura que antes habrían pasado desapercibidos (2 y 6). Como consecuencia, algunos elementos cotidianos que veremos más adelante pueden actuar como desencadenantes de una respuesta exagerada para disipar el calor (1).
La disminución de estrógenos en el sistema nervioso central participa en éste proceso, pero no actúa de forma aislada (5). Durante los últimos años se ha descubierto que una población específica de neuronas del hipotálamo, conocidas como neuronas KNDy, desempeña un papel fundamental en la aparición de los sofocos. Estas neuronas se localizan en el núcleo arcuato y proyectan parte de sus señales hacia el área preóptica. Su nombre procede de los tres neuropéptidos que producen: kisspeptina, neuroquinina B y dinorfina.
En condiciones normales, los estrógenos regulan estrechamente la actividad de estas neuronas. Cuando sus niveles disminuyen, aumenta la actividad de las neuronas KNDy y se modifica la liberación de los neuropéptidos que producen. Esta hiperactividad contribuye a alterar la comunicación entre el núcleo arcuato y el área preóptica, favoreciendo la aparición de los sofocos.
A este fenómeno se suman alteraciones en diversos neurotransmisores de las vías monoaminérgicas, especialmente la noradrenalina y la serotonina, que intervienen simultáneamente en la actividad del sistema nervioso simpático, el tono vascular, la regulación de la temperatura, el sueño y el estado de ánimo (2). En un entorno más pobre en estrógenos, la actividad noradrenérgica tiende a aumentar, favoreciendo el estrechamiento de la zona termoneutral. Por su parte, la serotonina, que contribuye a estabilizar la termorregulación, también experimenta cambios complejos en distintas regiones cerebrales. Más que una simple disminución global, parece producirse una reorganización de los circuitos serotoninérgicos que contribuye a aumentar la susceptibilidad a los sofocos.
El resultado final es un sistema termorregulador más sensible y reactivo. Así, un estímulo relativamente pequeño puede desencadenar una intensa respuesta fisiológica destinada a disipar calor. Lo que la mujer percibe como una oleada súbita de calor es, en realidad, la manifestación visible de una compleja adaptación neuroendocrina en la que participan hormonas, neuropéptidos, neurotransmisores y circuitos cerebrales especializados.
¿Por qué algunas mujeres apenas los notan y otras sí?
Esta es una de las preguntas más frecuentes y, probablemente, una de las más interesantes. La disminución de estrógenos constituye el contexto biológico común, pero por sí sola no explica la enorme diversidad de experiencias. Si así fuera, todas las mujeres tendrían sofocos parecidos y sabemos que no es el caso: mientras la mayoría los experimenta durante 1 o 2 años, un 15% puede tener sofocos persistentes hasta por 30 años (2).
La genética parece desempeñar un papel importante. Algunas mujeres presentan variaciones en genes que controlan el funcionamiento de los estrógenos, los receptores hormonales y las enzimas que los metabolizan (como el citocromo P450). Estas diferencias podrían hacerlas más sensibles a los cambios hormonales (6).
El estilo de vida también influye. El tabaquismo se asocia con una mayor frecuencia de sofocos y una aparición más temprana de la menopausia (1 y 6). El exceso de peso y el sedentarismo también se han relacionado con síntomas vasomotores más intensos, posiblemente porque favorecen un estado de inflamación crónica de bajo grado. El tejido adiposo produce hormonas como la leptina y el factor de necrosis tumoral alfa, que pueden interferir con los mecanismos de termorregulación del cerebro (6).
El sueño y el estrés constituyen otra pieza del puzle. El sistema nervioso simpático, implicado en la respuesta al estrés, juega un papel clave en el inicio de las crisis vasomotoras.
Los rasgos de personalidad, especialmente una mayor tendencia al neuroticismo, y las diferencias individuales en la percepción e interpretación de las señales corporales pueden modular la experiencia subjetiva de los sofocos y su repercusión sobre la calidad de vida (14-16). Además, los sofocos producen alertas y despertares que fragmentan el descanso, creando un círculo de fatiga y menor tolerancia emocional (9 y 10).
La cultura y el entorno social también parecen influir. Históricamente, algunas poblaciones asiáticas han descrito una menor frecuencia de sofocos -una media del 16%- que las mujeres occidentales – una media del 55%- (5 y 6). La alimentación, especialmente el consumo habitual de soja, podría contribuir parcialmente a estas diferencias (5 y 12). También se han propuesto posibles explicaciones relacionadas con la microbiota intestinal y la capacidad de producir equol, un metabolito derivado de las isoflavonas que parece ejercer una actividad biológica más intensa (8).
Sin embargo, la biología no explica todo. Los atributos simbólicos con los que cada sociedad pinta el envejecimiento femenino y el significado que cada mujer integra en su imaginario sobre esta etapa también pueden influir en cómo se viven y se expresan los síntomas (1 y 9).
Algunos elementos cotidianos como un ligero aumento de la temperatura corporal, una habitación poco ventilada, el uso de ropa ajustada, una bebida caliente, el alcohol, las comidas picantes o una situación de estrés pueden desencadenar el sofoco, no lo causan, pero sí pueden facilitar su aparición en mujeres predispuestas (1).
¿Por qué los sofocos afectan también al descanso y al estado de ánimo?
Los sudores nocturnos o sofocos que aparecen en la noche, pueden provocar despertares repetidos y fragmentar el descanso (5). Muchas mujeres no recuerdan necesariamente haberse despertado, pero sí perciben sus consecuencias al día siguiente: fatiga persistente, sensación de sueño poco reparador, dificultades de concentración y menor tolerancia al estrés (13).
A su vez, la falta de descanso favorece la irritabilidad y aumenta la sensibilidad emocional. Se genera así un círculo difícil de romper: los sofocos alteran el sueño, el cansancio incrementa la sensación de estrés y el estrés puede hacer que los sofocos resulten más molestos (6).
Esto no significa que exista un problema psicológico ni que la mujer esté reaccionando de manera exagerada. Se trata de manifestaciones con una base biológica real, en las que se entrelazan mecanismos neuroendocrinos, termorreguladores y emocionales (5); muchas veces se traduce a menor bienestar general (7).
Un mensaje importante: el cuerpo se está adaptando
Quizá la idea más importante de todo este artículo sea esta: los sofocos no indican que el organismo esté fallando, al contrario. Son la manifestación visible de un sistema de regulación térmica extremadamente adaptable que está aprendiendo a funcionar en un nuevo escenario bioquímico (2 y 7). Durante ese proceso de reajuste, los mecanismos que regulan la temperatura corporal pueden volverse más sensibles y producir episodios de calor súbito.
La experiencia, además, es extraordinariamente diversa. Algunas mujeres apenas recuerdan haber tenido sofocos. Otras los experimentan por años y con suficiente intensidad como para alterar su bienestar diario. Ninguna de estas experiencias es más válida que otra.
No existe una única forma de vivir la postmenopausia porque tampoco existe una única biología femenina. La genética, el estilo de vida, el sueño, el estrés, la alimentación, la microbiota y el contexto social interactúan continuamente y contribuyen a que cada experiencia sea excepcional (3).
La buena noticia es que aunque los sofocos puedan resultar molestos, en la mayoría de las mujeres, tienden a disminuir con el tiempo a medida que el organismo encuentra su nuevo equilibrio.
Comprender esta complejidad permite mirar los sofocos desde otro prisma. Desaparecen algunas preocupaciones ligadas a la fertilidad y el ciclo menstrual, y aparecen nuevos retos, nuevas prioridades y, en muchas mujeres, una relación diferente con su propio cuerpo.
En un próximo artículo, daremos otro nuevo paso. Veremos qué papel pueden desempeñar la alimentación y algunos hábitos cotidianos para mejorar la experiencia de muchas mujeres durante la postmenopausia.
¡Hasta el próximo café!
Referencias:
2.Morrow, P. K., Mattair, D. N., & Hortobagyi, G. N. (2011). Hot flashes: a review of pathophysiology and treatment modalities. The oncologist, 16(11), 1658–1664. https://doi.org/10.1634/theoncologist.2011-0174
3.Sadahiro, R., Matsuoka, L. N., Zeng, B. S., Chen, K. H., Zeng, B. Y., Wang, H. Y., Chu, C. S., Stubbs, B., Su, K. P., Tu, Y. K., Wu, Y. C., Lin, P. Y., Chen, T. Y., Chen, Y. W., Suen, M. W., Hopwood, M., Yang, W. C., Sun, C. K., Cheng, Y. S., Shiue, Y. L., … Tseng, P. T. (2023). Black cohosh extracts in women with menopausal symptoms: an updated pairwise meta-analysis. Menopause (New York, N.Y.), 30(7), 766–773. https://doi.org/10.1097/GME.0000000000002196
4.Zhu, X., Liew, Y., & Liu, Z. L. (2016). Chinese herbal medicine for menopausal symptoms. The Cochrane database of systematic reviews, 3(3), CD009023. https://doi.org/10.1002/14651858.CD009023.pub2
5.Lethaby, A., Marjoribanks, J., Kronenberg, F., Roberts, H., Eden, J., & Brown, J. (2013). Phytoestrogens for menopausal vasomotor symptoms. The Cochrane database of systematic reviews, 2013(12), CD001395. https://doi.org/10.1002/14651858.CD001395.pub4
6.Fisher, W. I., Johnson, A. K., Elkins, G. R., Otte, J. L., Burns, D. S., Yu, M., & Carpenter, J. S. (2013). Risk factors, pathophysiology, and treatment of hot flashes in cancer. CA: a cancer journal for clinicians, 63(3), 167–192. https://doi.org/10.3322/caac.21171
7.Abdi, F., Kazemi, F., Ramezani Tehrani, F., & Roozbeh, N. (2016). Protocol for systematic review and meta-analysis: hop (Humulus lupulus L.) for menopausal vasomotor symptoms. BMJ open, 6(4), e010734. https://doi.org/10.1136/bmjopen-2015-010734
8.Dietz, B. M., Hajirahimkhan, A., Dunlap, T. L., & Bolton, J. L. (2016). Botanicals and Their Bioactive Phytochemicals for Women’s Health. Pharmacological reviews, 68(4), 1026–1073. https://doi.org/10.1124/pr.115.010843
9.Saensak, S., Vutyavanich, T., Somboonporn, W., & Srisurapanont, M. (2014). Relaxation for perimenopausal and postmenopausal symptoms. The Cochrane database of systematic reviews, 2014(7), CD008582. https://doi.org/10.1002/14651858.CD008582.pub2
10.De Franciscis, P., Colacurci, N., Riemma, G., Conte, A., Pittana, E., Guida, M., & Schiattarella, A. (2019). A Nutraceutical Approach to Menopausal Complaints. Medicina (Kaunas, Lithuania), 55(9), 544. https://doi.org/10.3390/medicina55090544
11.Moradi, M., Ghavami, V., Niazi, A., Seraj Shirvan, F., & Rasa, S. (2023). The Effect of Salvia Officinalis on Hot Flashes in Postmenopausal Women: A Systematic Review and Meta-Analysis. International journal of community based nursing and midwifery, 11(3), 169–178. https://doi.org/10.30476/IJCBNM.2023.97639.2198
12.Geller, S. E., & Studee, L. (2005). Botanical and dietary supplements for menopausal symptoms: what works, what does not. Journal of women’s health (2002), 14(7), 634–649. https://doi.org/10.1089/jwh.2005.14.634
13.Echeverria, V., Echeverria, F., Barreto, G. E., Echeverría, J., & Mendoza, C. (2021). Estrogenic Plants: to Prevent Neurodegeneration and Memory Loss and Other Symptoms in Women After Menopause. Frontiers in pharmacology, 12, 644103. https://doi.org/10.3389/fphar.2021.644103
14.Cáceres Alvarez E. (1975). Menopausia [Menopause]. Revista colombiana de obstetricia y ginecologia, 26(6), 353–361.
15.Augoulea, A., Moros, M., Lykeridou, A., Kaparos, G., Lyberi, R., & Panoulis, K. (2019). Psychosomatic and vasomotor symptom changes during transition to menopause. Przeglad menopauzalny = Menopause review, 18(2), 110–115. https://doi.org/10.5114/pm.2019.86835
16.Ahmadi, N., Delavar, M. A., Mashayekh-Amiri, S., & Esmaeilzadeh, S. (2023). Exploring the Relationship between Depression on Menopausal Symptoms and Personality Trails. Community health equity research & policy, 43(2), 125–131. https://doi.org/10.1177/0272684X211004926

